sábado, 12 de mayo de 2018

El viejo vergel de Tamaraceite

 LPDLP. Adzubenam Villullas.

Valle o paso entre palmeras. Según algunos historiadores este es posiblemente el significado de Atamarazait, probable nombre aborigen de la localidad de Tamaraceite. Cuando llegaron allí los castellanos se encontraron con un mar de palmeras por el que discurrían peque- ños arroyos. Así recoge Esteban Gabriel Santana Cabrera las palabras del historiador Antonio Abad Arencibia en su libro Un paseo por Tamaraceite. Con el tiempo, la deforestación convirtió aquel vergel en plantaciones de caña de azúcar, papas y legumbres; hasta que en el siglo XIX se asentaron allí los cultivos del plátano y el tomate.

Situado en un cruce de caminos, el pequeño pueblo creció entorno a la antigua Carretera General del Norte, parada obligatoria para aquellos que deseaban llegar hasta las poblaciones de Arucas y Teror, entre otras. Santiago Díaz pasó treinta años en aquel océano de plataneras que un día cubrieron la vega y el barranco hasta San Lorenzo. A sus 92 años aún recuerda las murallas que separaban la calle Diego Betancor Hernández de las fincas del “maestro Blas, el encargo de todo aquello”. Eran tiempos de necesidades y pobreza. “Fíjate si pasábamos hambre que tenía enía que compartir un solo huevo con mi hermana”, recuerda ahora risueña Candelaria Tejera, su esposa. Sin duda, los niños que crecieron en el pueblo hace más de 50 años supieron lo que era trabajar duro en el campo. Pero no todo eran penurias. Díaz aún se acuerda cómo correteaba con sus amigos por unas calles que eran de tierra. La pelota, el boliche y el trompo eran los juegos preferidos de entonces. No obstante, la zona era un remanso de paz. “Íbamos al barranco a recoger cañas y, con un par de hilos, montábamos las cometas para echarlas a volar”, rememora el nonagenario aquellos maravillosos años de su infancia. La vida en Tamaraceite giraba entorno a la Carretera, la única que había, la general del Norte. En ella se desarrollaba la vida comercial, el ocio y la administración pública. 

La actual Casa de la Cultura, en el número 111 de la citada calle, acogió hasta 1939 las dependencias del Ayuntamiento de San Lorenzo. En sus estancias se aglutinaban juzgado, cuartelillo, Policía Local y oficina de correos. Sería durante la Guerra Civil cuando todo cambió para siempre. En 1937 fusilaron en La Isleta a Juan Santana Vega, último alcalde electo por las urnas en el municipio, junto otros miembros de la corporación. Dos años después el pueblo fue anexionado por la fuerza a la capital. En los convulsos años treinta esta localidad era tierra de jornaleros y trabajadores. Muchos de los empleados de las grandes plantaciones eran sindicalistas o comunistas. Entre ellos estaba el padre de Candelaria. “Estuvo preso, por nada”, señala esta antigua agricultura, mientras rememora la historia de su familia, aunque ella apenas tenía cuatro años en aquel entonces. “Tras el Golpe mi madre lo escondió en un pozo, pero pilló una pulmonía en un par de días y tuvieron que sacarlo de allí”, apunta. Su progenitor volvió entonces a la faena, en el campo. Al poco tiempo los falangista se lo llevaron del almacén de plátanos donde trabajaba junto a tantos otros vecinos, recuerda. “Por suerte él no recibió mucha leña, otros sí fueron torturados, tuvieron secuelas durante años; uno de ellos, a quien mi padre ayudó a que no lo fusilaran, estuvo muchos años agradecido con nosotros y nos mandaba cuando podía paquetes de gofio”, relata. Sin duda, el barrio, como tantos otros lugares del Archipiélago, vivió terribles testimonios. El Paseo de los domingos La vida continuó. En las décadas de los cuarenta y cincuenta era habitual acudir los domingos por la tarde hasta la carretera, mejor conocida como “el Paseo”. “Era un vínculo de unión y un punto de encuentro para la gente del pueblo”, señala Santana Cabrera en su libro. Este vecino recuerda que en aquel entonces solo tres personas tenían coche: Francisco Aguilar, Juan Suárez y los González. “Por ello no quedaba más remedio que hacer vida en Tamaraceite”, resalta. Bajar a Las Palmas era, a veces, todo un reto. Los escolares tenían que coger el coche de hora de las cinco de la mañana, porque el siguiente no pasaba hasta las nueve, cuenta. Y a quien se le hacía tarde en la capital muchas veces no le quedaba otro remedio que volver caminando. 

Según Santana Cabrera, “el auténtico paseo”, comenzaba pasadas las seis de la tarde, hora a la que terminaba la sesión del desaparecido Cine Galdós. Los jóvenes acudían hasta el bar de Mariquita Ortega, quien tenía “unas sombrillitas” en la plaza. La calle principal rebosaba vida. “Aquí había como cuarenta comercios, entre tiendas y bares”, hace memoria Agustín Suárez Espinosa. Este majorero, de La Oliva, llegó a Gran Canaria en los sesenta y trabajó en los tomateros de Los Giles. Ahora, ya retirado, se toma un pisco de ron casi cada día en el bar Masito, abierto desde 1947Los tenderos señalan que las grandes superficies y las mejoras del transporte apagaron la calle, poco a poco, desde los ochenta. La apertura de la circunvalación en 2001 fue la gota que colmó el vaso. 

Pero, la gran transformación ha llegado en los últimos tres años con la apertura de uno de los mayores parques comerciales del Archipiélago. Llegaron así Leroy Merlin, Decathlon y, finalmente, Alisios. Todo este área de Tamaraceite Sur estuvo ocupado en otro tiempo por cientos de hectáreas de plataneras. Eran las tierras de los Betancores. Agustín aún recuerda a los llamados “cabos de vara”, los capataces que no dudaban en dar una paliza a los chicos que descuidaban sus tareas en las fincas, asegura. “Estaban atentos siempre para ver quien no trabajaba”, señala. La naturaleza intenta ahora ganar espacio en aquellas fincas ahora abandonadas. “Ejemplares de palmeras nacen espontáneamente, lo que viene a confirmar que este lugar fue hasta no hace más que unos pocos siglos un inmenso palmeral”, apunta Santana Cabrera. 

Pero los cambios no se han ceñido al área sur del pueblo. Desde los sesenta empezaron a proliferar barrios por las lomas. Así nacieron La Suerte, Lomo los Frailes, Piletas, Isla Perdida y La Galera. Poco antes, cientos de familias recibieron casa en los bloques de casas baratas del Patronato. Francisca Montañez Oramas fue una de ellas, quien reside ahora en la calle San Valentín. Natural de las casas terreras de San Antonio, como muchos en el vecindario, está a la espera de una nueva vivienda para decir adiós a la precariedad de estos edificios. No obstante, el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria ya ha iniciado la reposición de muchos de estos bloques. Nuevas zonas verdes y hasta un lagartario intentarán devolver a Tamaraceite el aspecto que perdió no hace tanto

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